
Las mujeres de origen celta eran criadas tan libremente como a los hombres. A ellas les era dado el derecho de elegir compañero y nunca podían ser forzadas a una relación que no quisieran. Eran enseñadas a trabajar para que pudieran garantizar su sustento, eran excelentes amantes, amas de casa y madres.
La primera lección era:
- Ama a tu hombre y síguelo, pero solamente si ambos representais, uno para el otro, lo que la Diosa Madre enseñó: Amor, compañerismo y amistad.
Jamás permitas que un hombre te esclavice: naciste libre para amar, y no para ser esclava.
Jamás permitas que tu corazón sufra en nombre del amor, porque amar es un acto de felicidad.
Jamás permitas que tus ojos derramen lágrimas por alguien que nunca te hará sonreir.
Jamás te permitas estar horas esperando a alguien que nunca vendrá aunque te lo haya prometido.
Jamás permitas que tu tiempo sea desperdiciado con alguien que nunca tendrá tiempo para ti.
Jamás permitas que otros sueños conviertan los tuyos en pesadillas.
Jamás creas que alguien puede volver cuando nunca estuvo presente.
Jamás permitas vivir en la dependencia de un hombre como si hubieras nacido inválida.
Jamás te pongas maravillosa para un hombre que nunca tendrá ojos para mirarte.
Jamás permitas que el dolor, la tristeza, la soledad, el odio, el resentimiento, los celos, el remordimiento, y todo aquello que pueda apagar el brillo de tus ojos, te dominen enfriando la fuerza que existe dentro de ti.
Y sobre todo, jamás pierdas la dignidad de ser MUJER.